Preguntas obvias para desayunar

Lunes, 11 am. Bajo a desayunar. No tengo efectivo, así que paro en el primer banco justo al cruzar la calle. Sólo múltiplos de cincuenta. Bastante es que acepto que no me de monedas de dos euros. Realmente es lo que necesito para desayunar y más, me lo acabaré gastando. Voy al siguiente, éste, la Caixa. No lo digo porque lleve acciones ni tenga familia que trabaje ahí sino porque viene al caso, ahora veréis. Consigo sacar ni más ni menos que veinte euros, en un billete azulito, múltiplo y submúltiplo de veinte euros. Me guardo todo en el bolsillo y me dispongo a entrar en el bar, al otro lado de un pasaje. Cuando voy ya mirando qué camarero me atenderá hoy, para preparar mi saludo, una señora con fular al cuello me pregunta:

-¿Dónde está la Caixa aquí?

– Justo esa de ahí- digo señalando la enorme cristalera con pegatinas de color corporativo con el nombre en grande, de donde acabo de salir.

-No, pero eso es una caja- Aquí ya empieza a dibujárseme la interrogación negra de cómic ibañesco encima de la cabeza y la gota de sudor en la sien de los dibujitos japoneses. Hago un esfuerzo por entender y preparar una respuesta sin haber tomado aún café.

– Sí, pero a continuación está el banco, más para adentro

– ¿Pero es banco entonces?- La interrogación ya me pesa y el café es como un oasis de esos desérticos que nunca alcanzas.

– Sí señora, a continuación de la caja, está el banco- Espero que nadie me haya escuchado dar esta explicación. -Y tiene usted que entrar dando la vuelta a la esquina, ahí está la puerta- Ya pensando que lo del pasaje y las cristaleras es difícil de encajar.

Me siento con mi café, mi tostada, mi aceitera, mi vaso de agua y mi móvil en la mesa que da a la cristalera del banco. Hago lo posible por quitarme el signo de puntuación de encima pero empiezo a pensar en los cajeros, o cajas como dice la señora, o caixas en este caso… Me pongo realmente nerviosa cuando me hacen tantas preguntas. Sé que se me presupone un mínimo de inteligencia, y, al fin y al cabo, las preguntas son tipo test. Así aprobé el de conducir a la primera y la economía de segundo de carrera con el mínimo elegante. Puedo hacerlo, a priori puedo. Pero no.

Para empezar, la gran variedad. Los hay con pantalla táctil, que me encantan, sin ella, aún prehistóricos con esos grandes botones metálicos tan cuadrados con alguna quemadura de cigarro, y una mezcla de los dos: inquietante, nunca sabes dónde tienes que pulsar, una vez aquí otra allá. Este cajero de este banco-caja es así. Pero lo que termina de confundirme son esas preguntas reiteradas y obvias… empiezas pensando que es un cajero inteligente, práctico, pero poco a poco te das cuenta de que no lo es.

– Idioma- pantalla táctil, fácil. Esta me la sé, me acuerdo de la bandera de las cubiertas interiores del diccionario.

-¿Desea usted sacar esa cantidad?

– Sí- sigue siendo pantalla táctil, estoy de enhorabuena

– ¿Seguro?- Ya empiezo a mosquearme. – Sí, supongo que sí

– Su entidad no tiene comisión. ¿Desea continuar?- Me empiezo a enfurruñar. Es evidente que si he venido y no tengo comisión y quiero mi dinero, continúo. Aunque ahora ya en teclado. Siempre está descuadrado el dibujo con la posición de las teclas al lado de la pantalla. Como si lo hubieran hecho para un cajero más pequeño, una caixita. Siempre tengo miedo de no acertar.

-Pi (sí)

– ¿Desea conocer el saldo existente en su cuenta? Pues mira, no, oye, no vaya a ser que me arrepienta de sacar y como ya me lo ha preguntado, no sé darle para atrás. Pero juraría que ahora el botón de sí y no está cambiado con respecto a antes. Mi mano se va directamente por inercia al botón de la izquierda, pero ahora es el no. ¿Lo cambiarán a posta para que no sea una máquina quien saque dinero, como con los correos y el spam?

– Pi (no)

– ¿Quiere justificante?- Por dios, ¡Terminemos con esto de una vez!

– Pi (no)- Nunca sé qué hacer con ese papel. Hay que autodestruirlo, aparentemente una persona malvada puede llegar a saber hasta tu número de pie a partir de ese trocito de papel siempre impreso con poca tinta. ¿Lo rompo en infinitos y minúsculos trocitos? ¿Lo tiro en otra papelera, a más de cincuenta metros del cajero? ¿Me lo como?

– Retire su dinero. No olvide retirar su tarjeta- Y ahora se empieza a iluminar todo y tú a recoger tus premios en la batalla. ¿Pero estás seguro? ¿Cómo se le puede programar a un bichejo de estos para que te haga esas preguntas incómodas que despiertan al yo más inseguro que cada uno tenemos dentro, unos más a flor de piel que otros? En fin.

Sigo en mi mesa, terminando el desayuno acompañada de estos pensamientos que hacen que entienda el miedo de la señora del fular a las cajas. Las cajas preguntan. Me saca del letargo una chica que vienen a preguntarme si están libres mis tres sillas de más, en mi doble mesa donde me siento sola. Coge una.

– Sí, cógela- Sigo bebiendo café.

– ¿Me la puedo llevar?- Me pregunta otra chica casi rozando con el dedo índice señalador mi aceitera. Asiento pues no me ha dado tiempo a tragarme el sorbo anterior.

– ¿Se pueden coger?- Se llevan mis últimas sillas libres. El hombre que lee las páginas de opinión del ABC en la mesa siguiente, sentado solo en una de las cuatro sillas que hay en las dos mesas, idéntico a mí, me observa extrañado hasta que van a pedirle las suyas, en dos tandas. Él hace un gesto condescendiente con la mano, siempre el mismo, sin levantar la vista de algo que debe leer interesantísimo.

Pensaréis que no es posible que se den tantas coincidencias, tantas preguntas intensas y obvias en un solo desayuno, en menos de veinte minutitos de paz. Pero sí. Cuando voy a pagar, veo a la señora del fular que tiene miedo de las cajas preguntonas hablando sola mientras se come una tapa de ensaladilla con una cerveza. Insisto, a las 11 am. Quizás debo empezar a pedir el dinero en persona a los que trabajan en el banco.

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6 Responses to Preguntas obvias para desayunar

  1. Violeta says:

    Jo, que de preguntas, y sin café en vena que animan a las neuronas a activarse. Pero conseguiste desayunar que eso es lo importante.

    Besos guapa

  2. Danae says:

    Jos, si es que cada día es más difícil ir a desayunar…voy a acabar llevándome el tupper con las lentejas.

  3. Mariajo says:

    Me encaaaaaaaanta lo del papelito del cajero. Cuántas veces no habré pensado yo eso. Cuando me dan uno, de lo único que soy capaz es de meterlo en la cartera, y ver (ya si eso) qué hacer con él más adelante. Sólo aplazo el problema, no lo resuelvo.

  4. sempiterna says:

    Gracias a las tres por pasar. Esto está veraniego total.

  5. Ico says:

    A veces eres un poco extraterrestre en tus dudas existenciales con los objetos modernos que nos rodean.. ja.ja sigue así.. un beso

  6. Javier Márquez Sánchez says:

    Si es que las máquinas tienen lo que tienen. Uno ve un cajero como algo inofensivo y cuando menos te los esperas, estamos como en ‘Matrix’…