Retrovisor


–Venga, venga, vamos. Nada. ¡Otra torpe! Nos quedamos aquí, Carlitos. A mamá no le gustan las mujeres que no saben conducir. ¿A que a ti tampoco? Di que no. Mírame, Carlitos, di que no con mamá –ajusta el retrovisor y niega exageradamente con la cabeza.

–¿Pues sabes qué? Mamá va a aprovechar para ponerse guapa. ¿Quieres que mamá se ponga guapa, Carlitos? –empieza a sacar cosas del bolso.

–Cuando seas mayor, tienes que salir solo con mujeres que sepan conducir, ¿me oyes? –vuelve a levantar la vista para mirar por el retrovisor hacia la parte de atrás del coche–. Pero escucha a mamá, que te está diciendo cosas muy importantes –termina la frase abriendo la boca para pintarse las pestañas del ojo derecho.

–Vamos a llegar tarde otra vez. No he visto un semáforo con menos prioridad que este. ¿Y tú, lo has visto tú? ¿Sabes lo que significa prioridad? –ríe forzadamente al abrir de nuevo la boca para pintarse las pestañas del otro ojo.

–Y ahora los labios, para darte un beso cuando te deje en la guardería –vuelve a mirar, ahora girada hacia el asiento trasero–. ¡Míralo! Ni siquiera me atiende cuando digo “guardería”: “Guar-de-rí-a” –dice enfadada mientras vuelve a mirarse al espejo.

–¡Qué susto! –grita de pronto–. ¡Qué susto le ha dado a mamá el señor de los clínex, Carlitos! –trata de borrarse con un dedo mojado en saliva, la raya que se ha dibujado por fuera de los labios.

–No, no. Que no –repite sin mirar a la ventana–. ¡Con el susto que me has dado te voy a comprar yo nada! –gesticula sin quitar la vista del retrovisor mientras el chico de los pañuelos vocaliza alguna frase con sentido pero inaudible.

–¡Ea, Carlitos! Ahora le pitan a mamá –suelta las cosas rápidamente sobre su regazo y mete bruscamente primera–. No te rías de mamá, ¡será posible! Llevas todo el camino sin mirarme ni decirme nada, ¿y ahora te ríes porque me pitan? –pregunta al aire mientras el niño se da la vuelta para decir adiós con la mano al chico de los pañuelos que le hace muecas desde el otro lado del cristal.

 

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