Errores de cálculo

Cuando se habla de errores de cálculo todos pensamos en esas milésimas, esas micras o esos milisegundos por los que puede cambiar el curso de la historia. Pensamos en ingenieros, químicos o cocineros en cuyas manos termina una cadena de poder. Pero hay otros acontecimientos, otros pequeños errores de cálculo cotidianos que pasan desapercibidos y que no por ello deberían ser menos relevantes.

Recientemente he vivido muchos. Uno de ellos es el caso de Cortylandia o la importancia de un buen replanteo. El maestro mayor de los corteingléseles, supongo que asesorado por el encargado mayor de fiestas y festejos -también de los corteingléseles-, no estuvo muy exacto en los cálculos para organizar la instalación este año.

Los imagino unidos en un esfuerzo común por hacer que, aun en crisis, la decoración no fuese peor o menor que la de otros años. Y también los imagino acercándose al minimalismo -con perdón de la expresión- “con un palo”, ya que el resultado es una amalgama o batiburrillo de todo lo almacenado –estocado-. Esa falta de replanteo, de sentarse delante de AutoCAD en cualquiera de los ordenadores de la planta de electrónica, o delante de un simple papel en blanco, de la cara de atrás de un ticket de descuento en sandwich mixto de la cafetería, de un cartoncito de los impregnados en perfumes y fragancias de Loewe, Burberry o Victorio&Lucchino. Ese error de cálculo arrastrado ahora hace que convivan un carrusel, un tiovivo, el puesto de venta de los dulces de conventos, el carril bici, las dos esperas de los semáforos, las vallas de madera rodeando los parterres que, ciertamente, no recuerdo si están todo el año, el termómetro, los buñuelos, las castañas y alguna cosa más que se me olvida, que todo lo digo de memoria histórica…

La imagen de este inaceptable error de cálculo es el oso. Grande y hermoso pero estresado, con su oreja derecha plegada y escuchando todo el santo día a las cotorras anidadas, con miedo a ser atropellado por unicornios o corceles cíclicos de lazos y purpurina, y amenazado micológicamente por la seta, champiñón o lo que quiera que sea eso que le han puesto delante. Y el lazo dorado… Una imagen que ni Instagram puede arreglar.

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