Desayunos y la riqueza del andaluz

El desayuno une, se crean vínculos. Es una costumbre diaria, en proximidad, frente a frente. Con sus buenos días iniciales y su retórico “qué pasa”, sus “gracias” al café en taza y sus “muchas gracias” al “que aproveche” de la media tostada. Y después de unos diez o quince minutos juntos, digo mi “hasta luego, buenos días”, y por fin llega: adiós miarma.

Históricamente, el miarma ha evolucionado. O yo he evolucionado, no sé. De pequeña me daba risa por excéntrico, de mediana me era indiferente supongo. Como todo, me daba igual, no sé. Luego pasó por una etapa de grima absoluta por avatares de la vida, que solo dos o tres personas que lo han vivido junto  a mí, podrían entender. Pero ahora, con los treinta cumplidos, en esa edad incierta en la que dudas la profundidad de algunas de tus convicciones o gustos acérrimos (cabezonerías), y en la que empiezan a decirte señora: “Mamá, hay una señora en el ascensor”, “¿Se lo envuelvo para regalo, señora?” o “¿Dónde se lo pongo, señora?”, en esa edad, miarma es un gran término.

Y es que hay confianza, la que da el compartir la comida más importante del día, el ratito de conversación, en verte al 50% de rendimiento sin café. Y ante esa duda de la edad, de si ofenden por un lado o por otro (yo lo tengo claro, a mí es por el otro), aparece el miarma. Más concretamente el taluego miarma: esa riqueza del andaluz llenando los vacíos del léxico (excesivamente) formal.

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