Estudiantes de arquitectura: esa otra forma de mirar

Anteriormente a Gran Hermano o al invento de los paparazzi, ya existía un caso muy particular de este llamado voyeurismo. Un colectivo que acampaba en la puerta de algunas casas y se dedicaba a hacer fotos sin parar. A veces, incluso se atrevían a llamar a la puerta, para pedir permiso para entrar, para acceder a su propiedad privada y a su intimidad. Éstos eran los estudiantes de arquitectura.

Como todo lo que hemos aprendido en la carrera, no lo útil, sino lo que nos vuelve maniáticos, exigentes, minimalistas, bichos raros, en una palabra, especiales, todo queda hasta los taitantos. Y así me vi la semana pasada, paseando por la colonia Weissenhof, en Stuttgart, fotografiando con la boca abierta (y mira que ha pasado el tiempo) los edificios de colegas como Le Corbusier o Mies van der Rohe. Esta colonia se construyó en 1927 de manera experimental y se invitó a los grandes arquitectos del momento a participar con sus nuevos conceptos de viviendas. No quiero aburrir, la cuestión es que hoy en día, sólo es visitable una de las 33 viviendas que se hicieron, convertida en museo, afortunadamente de Le Corbusier. Si bien, el resto, sólo pueden ser vistas por fuera, pues están habitadas por gente. Lógico. Era la idea.

Bien, recurriendo a la reminiscencia de la época estudiantil y como ya hiciera en la Villa Savoy (que da nombre a este sitio), cámara en mano, me paseé por el tranquilo barrio, parándome en las puertas de cada uno de ellos, para leer las descripciones (que llevaba en mi kindle, la verdad es que no se parece tantísimo a mi época estudiantil). En una de las viviendas, de pronto, levanté la vista y vi, entre miles de líneas rectas y el imperante color blanco de ese estilo internacional, sobrio a la par que elegante… un gato chino de estos dorados que levanta y baja el puño constantemente. En la ventana. A la vista de todos. Desafiando a todos los estudiantes y ex-estudiantes que pasan cada día con su cámara.

A partir de entonces me fui fijando y llegué a la conclusión de que poner elementos llamativos en las ventanas era una respuesta resignada y/o divertida de los vecinos ante el constante goteo de gente por sus calles, y sobre todo ante las múltiples instantáneas de las que pueden ser modelos involuntarios. Lo mejor, en el edificio de Mies. No pude evitar fotografiarlo: en una de las viviendas de un edificio recto, blanco, sobrio a la par que elegante… un cuadro de Epi y Blas. Y aquí es cuando suena el violín, se fusionan cielo y tierra, el ex-estudiante de arquitectura que llevas dentro se mezcla peligrosamente con el treintañero revival y amante del retro que también llevas y te encanta. Te encanta.

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