La cuerda

 

A veces me pregunto qué siente un pollito de esos feos, que tienen una manecilla en las patas y que andan deprisa cuando alguien les da vueltas.

Entré en Imaginarium últimamente -para adquirir un nuevo Manolito, alguien ha llegado a la familia- y vi lo más feo que había en la tienda. Posiblemente lo único feo. Un pollo con pelo (pelusa, lo que sea), con una de esas manecillas. No era muy caro, normal. ¿Quién lo va a querer? Posiblemente lleve mucho tiempo en stock. Posiblemente sea un pollo prehistórico.

Pero no quiero referirme a lo que siente por ser feo y estar en stock perpetuo. Tampoco me refiero a qué siente cuando alguien da vueltas a su manilla -o peor, lo hace modo bruto on y le da vueltas al pollo mientras sostiene fija la manilla-, con todas su fuerzas, hasta llegar a su tope, y lo pone sobre una superficie lisa -los más afortunados- y tienen que empezar a andar rápidamente. Pata-tras-pata. Pata-tras-pata. Pata-tras-pata. Pollo loco. Y escucha risas. Tampoco me refiero a eso.

Me refiero a qué siente un pollo cuando ya se le acaba la cuerda. Cuando da esos últimos pasos, pata tras pata, pata tras pata, y son tediosos. Cuando en vez de un movimiento seco de ida y vuelta de la pata rígida, es el trazado de un círculo de radio infinito alrededor del punto fijo de anclaje, y escucha risas a cámara lenta, amplificadas, como en balleno. Eso es lo que quiero saber cómo se siente. Nunca sabe cuándo parará y si lo hará estoica y elegantemente, con las dos patas en su sitio, o si le tocará dejar una de ellas a la virulé y ya nunca más poder estar en equilibrio por sí mismo. Es la pérdida de dignidad del pollo feo (segunda parte).

A veces pienso que es muy parecido a la llegada del verano. Empiezo a sentir la opresión, quizás algo de fatiga, y empiezo a ver en colores pastel la vida. No por la felicidad, ni mucho menos, ni porque lo diga el Corte Inglés, sino porque todo empieza a diluirse, empiezo a respirar y a pensar despacio, empiezo a sentirme floja y plástica, empiezo a no poder ni hablar. Escribir esto es un suplicio en verano. No sabes dónde te marearás, a qué tendrás que agarrarte o delante de quién darás el numerito… empiezas a sentir que no sabes si la cuerda te dejará llegar hasta el coche, o hasta casa, o si te quedarás con una pierna a la virulé. Pienso que eso puede sentir el pollo feo.

 

This entry was posted in diario and tagged . Bookmark the permalink.

4 Responses to La cuerda

  1. Violeta says:

    Jo, pobre pollito. Me ha entrado ganas de salir corriendo a Imaginarium a comprarlo y darle mimitos… :( En fin.. Cuánta razón tienes!!

    Muchos ánimos!!!

  2. aloe says:

    Yo también me siento como el pollito sin cuerda. Amarrada a la vida convencional, sin poderme desatar de ella, esperando sin esperanzas ¡vaya con el pollito sin cuerda! Me ha hecho sacar la parte mas negativa y oculta de mi!

  3. Javier Márquez Sánchez says:

    Jo, pobre pollo, y pobrecita tú. Me ha dado más penita imaginarme al pobre pollo parándose poco a poco… Claro que también me has hecho sonreír con eso del "pollo prehistórico", jajaja.

    En fin, confiemos en que sea un veranos suave.

  4. sempiterna says:

    Vaya, chicos. Siento haberos dado pena. O no. No sé, jeje. Lo cierto es que lo más curioso es esa deceleración del movimiento pernil.