La chica que no sabe qué título poner

La chica que ahora imita un relato de Quim Monzó y que un día cantó “Hago chás y aparezco a tu lado” cuando sonó en la radio hasta la saciedad, ahora va a un concierto de Christina Rosenvinge. Se acomoda en un asiento no numerado de pasillo y espera, con poca antelación, a que se apaguen las luces y empiece el concierto.

La chica que cantó “Chás y aparezco a tu lado” pero que nunca fue a un concierto en los ochenta, ni en los noventa, ahora observa el escenario con un piano, un chelo, un par de guitarras, y en el suelo, tres listas de canciones. Mira la altura de los peldaños y piensa en la palabra tabica, mira la distancia libre sin apoyos en el escenario o luz, y piensa que nunca hará algo así. No es del tipo de personas que hacen algo diferente, aunque siempre lo haya querido. La chica que nunca fue a un concierto en los ochenta, ni en los noventa, y que solamente idolatró a Mecano, ahora piensa que no se sabe ninguna canción del disco nuevo que se presenta, que las ha escuchado esa mañana por primera y única vez en Spotify, pero que se sabía de memoria las letras y las distintas versiones y variaciones de las canciones del grupo en cada uno de los conciertos a los que no asistió. La chica que solo idolatró a Mecano y a la que no dejaron ir a la gira de despedida (sin saberlo) del 92, lo pasa mal en los conciertos multitudinarios. Por eso sólo se permite venir a pequeños teatros o salas, sentarse en pasillo y suplicar por distraerse lo máximo posible o si no, que pase cuanto antes.

La chica a la que no dejaron ir a la gira de despedida (sin saberlo) del 92 y a la que le dio tiempo a llevar hombreras en los ochenta y también en los noventa, aplaude ante la aparición de Christina y su banda, esperando a cumplir las expectativas que pueda haberse creado. Piensa que siempre se crea expectativas, muchas veces infundadas y cree firmemente en eso de que “más fuerte será la caída”. Escucha con atención los primeros acordes de una canción que no reconoce y que seguramente después olvidará, pero disfruta con esas notas inesperadas, esa entonación aparentemente descuidada, esa dicción, esas rimas sencillas pero que asocian ideas dispares y esos cambios en el tempo.

Esa chica a la que le dio tiempo a llevar hombreras en los ochenta y también en los noventa y que fervientemente piensa que nada es para siempre, ahora está convencida que le encantaría ser conceptualmente naïve, que no se alegra a la larga de haber hecho todo lo que tenía que hacer y lo que se esperaba que hiciera, y más o menos en plazo. Escucha distraída cómo la que otro día cantara “Dile a papá que me voy de la ciudad” justifica ahora la temática de las letras con las preguntas de sus hijos. Piensa que todo el mundo madura y se le antoja que igual es verdad eso que dicen que un día la vida deja de ser tan difícil, confusa, cambiante, acelerada y se encuentra la paz mental. Inmediatamente, sabe que se engaña a sí misma.

La chica que ahora está convencida de que le encantaría ser conceptualmente naïve y que no cree en la felicidad constante, se identifica con los relatos de Quim Monzó en los que todo puede ir rumbo a peor e incluso despegarse de la delgada e inoportuna línea de la realidad. Ella también cree que si todo va aparentemente bien por horas, o incluso días, algo pasará, algo cambiará o, simplemente, empezará a tener serias dudas de que realmente fuese bueno. Ahora escucha el estribillo de una canción que logró memorizar en un concierto anterior y busca con la mirada a su profesor de la carrera que también vino al otro, que se sienta en primera fila y que si le dejan, hace preguntas de no profesor.

La chica que no cree en la felicidad constante y a la que los payasos dan pena y a veces hasta miedo, ha distraído su mente, a veces desconstructiva, haciendo reír a buenos amigos durante el fin de semana, ha merendado leyendo cuentos de Quim Monzó, ha aplaudido hasta el último bis y piensa que escribirá sobre todo ello.

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2 Responses to La chica que no sabe qué título poner

  1. Javier Márquez Sánchez says:

    Me encanta. Es una crónica impecable de una experiencia alimentada por otra media docena. Tierna y emocionante, ladrona de sonrisas y de algún estremecimiento. Como dice Magda, tienes que escribir más.

  2. sempiterna says:

    Gracias, Javi. Jeje, real como la vida misma. Beso