Rutinas alergénicas

Una vez que ya me he convencido de que no puedo vacunarme la alergia ni con certificado digital de la Real Fábrica de Moneda y Timbre ni con el DNI electrónico cuya clave no sé dónde guardé; ni por mail como adjunto o con copia oculta; ni por descarga directa, legal, siempre legal; ni tan siquiera por FTP ni desde la nube; decido ir una vez al mes, en vehículo propio, a dejarme pinchar en una de esas utópicas ideas de “es por tu bien”. Se ha convertido en una rutina. Una pequeña rutina, un lunes al mes, que me saca de mis quehaceres, me lleva a la otra punta de la ciudad, me hace entrar en Luis Montoto en sentido único y buscar aparcamiento por calles estrechas y ocupadas… y no, no puedo ir en bici, es una contraindicación específica (sonrisa).

Asumo la rutina y las únicas cosas que sé que pueden cambiar son el libro que leo mientras espero o la ropa que me remangaré. El resto de las cosas, los dos tipos de personas: los de vacuna en bolsa de plástico o vacuna en bolsa de papel, son los mismos, las mismas caras. Tenemos la cadencia: coincides un lunes, coincides todos los meses. El niño que se come el bocadillo, el otro niño que hace los deberes con un notebook (tengo mis dudas tecnológicas al respecto), el señor que viene con un hermano muy parecido, la que aprovecha la media horita de espera entre vacuna y revisión para hablar por el móvil, la que subraya apuntes de oposiciones, la que ordena extractos bancarios (debe ser a nivel de trabajadora y no de usuario, porque son demasiados, e iguales), el que sólo se dedica a hacer percusión en la caja de porexpan, el que escucha música en el móvil y nos hace partícipes de ella, el que siempre se sorprende de encontrarse con la misma persona, la monja que lee un periódico. Las mismas caras. La misma franja horaria.

Pero antes de ver a todos mis compañeros de vacuna, me toca el trámite del mostrador de ingreso. Hay una señora que, evidentemente, no se acuerda de mí de mes en mes y más viendo un trocito de cara a través del agujero de cristal de su puesto. Ni de mí ni de mi tarjeta, que debe haberse imantado, y nunca pasa por el lector. No se acuerda y es fatal. No falla. Todos los días lo intenta tres veces, y después de que la máquina la rechace, la tira contra la mesa y coge un talonario en el que rellena con gran desgana unos diez números. Sólo eso, tampoco es tan grave. La tira y resopla, quizás es el final de jornada, o el principio de semana, o muchos años trabajando, no alcanzo a entenderlo, pero es parte de la rutina. Me mira mal cuando le doy las gracias al final elevando mi voz para traspasar el cristal, pero me da las pegatinas con mi nombre.

Mi sorpresa, el punto original del día de hoy, un factor más que va cambiando de una vez a otra, además de las capas de ropa que quitar contrarreloj según la estación del año y el libro que todos en el pasillo miran cuando me siento. Se trata de mi edad. En las pegatinas ponen todos los datos personales. Hoy me he fijado por primera vez y sé que el mes que viene será distinto: 31,3.
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4 Responses to Rutinas alergénicas

  1. Mariajo says:

    La pucha. Escribe MÁS. :*

  2. Violeta says:

    Me suena, lo que ocurre que en mi caso, sería esa niña pequeña que leía un comic, en vez de hacer los deberes con el notebook. Sufrí cuando pequeña todos esos pinchazos por mi bien, y… sabes? Funciona!!!
    No funcionó mientras viví en aquella ciudad, pero fue venir a Sevilla y mano de santo. En fin.. muchos ánimos, temple y paciencia.
    Besos, guapa.

  3. Javier Márquez Sánchez says:

    Me ha encantado la crónica. Me uno a la reclamación de Magda: ¡Escribe más!

  4. sempiterna says:

    Gracias chicos. Una, que se aburre en las salas de espera…

    Y Javi, en honor a la verdad diré que Magda me dice que escriba más en la intimidad… :P, la del comentario era Mariajo!