Curro, gestiones, calabazas y sed

Voy a hacer gestiones con mi hermana a Hacienda. Aparcamos, pedimos la vez (simbólicamente, pues luego habrá que coger número), pero al ver un bar cerca, preferimos irnos a desayunar. El bar se llama Boeing 747 y pienso que indudablemente tenemos que entrar y mandarle a mi hermano, el aeronáutico, una foto del logotipo. Pero al acercarnos vemos que hay algo más valioso aún: una pegatina enorme de Curro, la mascota de la Expo ’92, bebiendo cocacola.

Nos sentamos, pido media tostada y un manchado muy clarito. Muy clarito, repito dulcemente después de haber visto la negrura en todos los vasos de los lugareños. Con porción. Aquí no tenemos porción. Pues con mantequilla entonces. No es que la porción me parezca más sana… es que es mía y sólo para mí… hay sitios en los que te ponen la lata de mantequilla acuchillada cual mujer en película de Hitchcok. Pero hoy no, me lo ponen untado. Lo justo para que no destaque mucho el quemadito de los bordes. Me acuerdo de los desayunos en casa de mi abuela María por el sabor, si bien, pienso que recordaré la tostada, el tulipán y al señor del helicóptero el resto de la mañana por lo salada que está.

Una vez hecho el primer numerito de sacar todo lo metálico de los bolsillos y los dos móviles en la bandeja, y el bolso en el escáner, cogemos tres números para tres gestiones distintas. Mientras esperamos, nos reímos porque parece un bingo: la señora de la grabación que habla de aquella manera, dice el número (que a su vez es una letra y un número), la zona (que es una letra) y la mesa (que es un número). Ahora entiendo el porqué del café tan negro en el bar de al lado.

Cuando empiezan a pasar los números me doy cuenta de que uno de mis documentos adjuntos a la reclamación está fotocopiado en el reverso de un dibujo de ardilla que me hizo falta la semana pasada. Además de reírnos de nuevo decido ir a repetir la copia antes de hacer más difícil la subsanación de la instancia.

Después de no resolver nada y pasar dos veces más por los escáneres (idénticos pasos), entro en la seguridad social y no puedo evitar pararme y fotografiar un elemento de nuestra antropología que estudiarán nuestros sucesores: un bolígrafo con un curioso sistema de seguridad. Supongo que lo de la cadenita quedó en la época del señor del helicóptero del tulipán… Aún con esta advertencia visual, después de firmar la baja de autónomo (casi emocionada después de estar de alta seis años consecutivos, y sin que nadie te venga a dar palmaditas en la espalda o tenga unas palabras para ti), me levanto y me llevo en la mano sin darme cuenta el bolígrafo. Perdona, el bolígrafo. Ay, perdona, no sabes qué mañana llevo. Perdóname. Mañana le habrán puesto a ese también el sistema de seguridad. Y yo que me quejaba de sociedad.

Finalmente y para poder salir del segundo parking gratis entro a un supermercado de confianza de otro, porque el mío de cabecera no es, y me dispongo a comprar algo. Algo que seguramente no necesito… dejo que los objetos me llamen. Finalmente compro una calabaza redondita que me recuerda lejanamente a la bola del logotipo de la Expo’92 y a Curro. Y además, sigo teniendo sed.
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One Response to Curro, gestiones, calabazas y sed

  1. Javier Márquez Sánchez says:

    Jeje, me gusta la crónica. Y lo del boli es total, para que luego digan que no hay imaginación…