Leyendas urbanas de mi propia casa

En todas las casas y en todas las familias hay misterios de esos que desgranas pasados los años, leyendas urbanas que se van pasando de generación en generación e incluso costumbres y manías escritas en el ADN que sorprenden a alguien cuando te mira y le recuerdas a algún pariente lejano. Pues bien, hoy hablaré de una de leyendas urbanas de mi propia casa: el hombre del gas.


Hoy me pasó algo con el gas, que nos hizo, al mediodía en casa de mis padres, recordar la historia. Por una vez, mi mente no ha unido las dos cosas en cinco horas -tiempo que ha pasado desde el acontecimiento hasta la pregunta en casa-, pero durante la conversación, mi madre ha hecho una pausa, me ha mirado y sé que telepáticamente de algún modo, me ha dado a entender que tenía que unirlas, que tenía que escribir sobre esto. No es una obligación escribirlo, pero es un papelón: es una historia que por sí sola ya es un filón… no me la puedo cargar.
El hombre del gas es un señor que entró en nuestras vidas en Los Azores, en el año 89 ó 90 creo recordar. Los Azores es el nombre de la urbanización donde nos mudamos cuando ya éramos tres vastaguitos, y nombre que mi hermana ha acuñado para toda una época determinada, que ella recuerda con asombrosa claridad por encima de todas las cosas. Las horas de la comida eran largas y tediosas para mi madre, éramos un poco payasos, no desobedientes, pero sí chinchosos. Y por supuesto, nos peleábamos los tres. Bueno, realmente, mi hermana miraba. Debía estar empezando el proceso de memorización que ahora hemos descubierto.

Mi madre no sabía muy bien qué hacer con nosotros para agilizar un poco el tema y bueno, coincidió que el señor del gas venía a leer los contadores a la misma hora que comíamos. Llamaba a un portero y se dedicaba a subir (o a bajar supongo) desde una de las plantas a todas las demás, gritando: “el gaaaaaaaaaaaaas”. En un momento dado, mi madre diría: “Venga, comed, que viene el hombre del gas”, y eso, acompañado de un señor extraño que atravesaba nuestra cocina mientras nos sumíamos en el silencio y la obediencia más absolutas, generó la leyenda. Pan comido. Nunca mejor dicho.

La cosa no queda ahí. Mi madre hoy me ha preguntado: “¿Cómo te ha ido tu reencuentro con el hombre del gas?” -gran sentido del humor que nos caracteriza-. Y bueno, se han mezclado un par de sensaciones. La de Los Azores, por supuesto, pero también el sinsabor de haber desmitificado la leyenda: veinte años después el hombre del gas es un hombre bajito, por encima de cuya cabeza he mirado si había llama en el termo. “Sí, se enciende”. Raro.

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One Response to Leyendas urbanas de mi propia casa

  1. Javier Márquez Sánchez says:

    Jeje, es lo malo del paso de los años, que en ocasiones se van desmitificando las cosas, incluso nuestros horrores más primitivos. Menos mal que algunos sobreviven. ¿De qué comería si no Stephen King? Guay la entrada.