La cola del supermercado


La cola de un supermercado es uno de los mayores focos de indecisión. Por si no había sido suficiente la hora que acababas de pasar comparando productos, sorteando a gente que va a pasear siempre delante de ti, o intentando encontrar lo más remoto que se te ha antojado y pasar varias veces por la misma calle como si fuese la primera –¿cómo es posible?-, cuando llegas con carros, cestas o como en mi caso, con los brazos cruzados y llenos de cosas que evidentemente no habías pensado comprar, tienes que tomar una decisión, rápida y certera: en qué cola ponerte.

El primero de los errores más comunes es que muchas veces se escoge una caja sin cola, en la que serías el próximo, una gran sonrisa te invade mientras miras a los lados de reojo para comprobar que nadie protesta porque te hayas colado, pero no te das cuenta de que está cerrada hasta que oyes: “Oiga, que está cerrada ya”. Y se te queda cara de tonto, mirando esa pequeña, minúscula señal de prohibido el paso que cuelga de una cadena de una caja a otra.

Reformulemos la pregunta pues: ¿en qué cola de una caja abierta ponerte?

Si vienes de una caja cerrada, evidentemente, habrás perdido un par de turnos en cualquiera de las que sí están en funcionamiento. Cuando te repones de esto, lo siguiente que haces es contar el número de personas de cada caja. Mentalmente, claro, porque tienes las manos ocupadas de cosas innecesarias como para contar con los dedos. Decides ponerte en la que menos tiene después de resolver el acertijo de quién viene con quién, aunque no se hablen. Pero claro, siempre ocurre: hay dos cajas con igual número mínimo de gente. Entonces, empiezas a mirar la compra. A ver quién tiene menos cosas que pasar o bien, quién tiene más puestas en la cinta, o a quién ves más ágil en el arte de colocar, recoger y abrir bolsas –que esa es otra cuestión importante-. Cuando finalmente te decides y crees haber tomado la decisión correcta, nunca te sientes del todo convencido y tienes las siguientes posibles reacciones:

A) Si vienes acompañado, te desdoblas. Decides ponerte tras una de las colas dudosas mientras tu acompañante se pone en otra. Entonces, establecéis un secreto y discreto código visual. Os miráis y asentís. Cuando asentís, estáis diciendo “Ésta acaba antes” o “Esa acaba antes”, nunca se sabe ya que a priori nunca te acuerdas de comentarlo.

B) Si vienes solo, te autoconvences pero sin dejar de mirar a los lados disimuladamente, ya que si ves a alguien acercarse muy rápido, dispuesto y decidido hacia alguna otra cola contigua, paras ipsofácticamente de pensar, olvidas tus convicciones y todos tus razonamientos previos y te abalanzas sobre ella, tenga la gente que tenga. No puedes evitarlo.

Sea como sea, y nombrando al famosísimo Murphy, siempre ocurre algo en tu decisión final. Algo que han comprado delante tuya, no trae código y hay que llamar. Alguien está ralentizando el paso y recogida de productos porque está esperando a que su aliado llegue con un último producto de categoría indispensable o alguien se vuelve, tras mirar fijamente el ticket tamaño chorizo de Cantimpalo y localizar una equivocación en los códigos de los productos. “Que sólo te lo digo para que lo sepas –increpa al chico de la caja, y esto es verídico-, que no quiero que me lo des, si son sólo tres céntimos de diferencia, pero que lo sepas, ¿vale?” Señora…

Las chicas con patines, los encargados con corbatas de logotipos indefinidamente repetidos, la ascensión misteriosa del dinero a las altas esferas, el que aún no sabe que las bolsas, depende dónde, cuestan dinero, la señora que va a por el carrito y no encuentra la llave de la taquilla o el niño que quiere todo lo que se vende en la caja, en el último momento y la madre se lo quita, y él lo coge, y la madre se lo vuelve a quitar, el niño grita, la madre grita, el niño llora. Todas estas cosas pueden pasarte mientras esperas tu turno, mientras eres el de atrás. Pero como en toda cola, como en el cinquillo, va hacia un lado y hacia otro.

Cuando tú eres el observado por un montón de personas que matan el tiempo para no desesperarse por lo mismo que tú más uno, suele pasarte que la gente se fije en lo que llevas. Es una costumbre como otra cualquiera. Reconozco que yo lo hago pensando, madre mía, ¿de esto se alimenta? Pero el matiz es ese, lo pienso, no lo comento en voz alta. Suele pasarte cuando llevas algo de lo que te avergüenzas terriblemente, algo que quieres pagar, embolsar y salir corriendo. Siempre hay alguien que se fija –sin comentar que en estos casos, todos los condicionantes descritos arriba se cumplen-.

Hay gente que empieza a contar tus productos para ver si tienes derecho a estar en la cola de la caja rápida –madre mía, ¿se ha cumplido alguna vez lo de las cajas rápidas?, ¿los repetidos cuentan como uno? “Míralo, míralo, ese lleva más”. Eso me pasó el otro día. Un matrimonio detrás de mí comentaba el número de productos del de delante de mí . No pude evitar echar una mirada de desaprobación al matrimonio indiscreto, no sé de dónde salió, pero me apeteció. La cuestión es que rápidamente, al poner mis cosas en la cinta, empezaron a hablar de mi compra, variopinta donde las hubiera pues no soy capaz de centrarme en una primera compra después de las vacaciones. “Uy, mira –sonaba como tierno, era raro- tierra para sus plantitas y su libro”. Y volvió a salir esa mirada… qué daño hacen las colas de supermercado.

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2 Responses to La cola del supermercado

  1. Javier Márquez Sánchez says:

    Menuda disección del universo del "súper", jeje, está muy bien. Yo siempre acabo en la cola más lenta, es de cajón. Por más que estudie el mercado, acabo en la de la señora patosa, el caballero inexperto o el colega que paga centimito a centimito…

  2. Violeta says:

    Y tanto!!! Yo siempre elijo la cola leeeentaaaa. El otro día, una señora que estaba ya pasando su compra, salió de la cola con su hijo en la mano, para enseñarle a la amiguita del nene, lo que era un coco. La leche. Eramos 10 personas esperando y casi nos comemos a la señora, al niño y al coco!!!!