Ventanas verticales

Esto es una crítica a la sociedad y a la vez una gesto cariñoso y empático hacia la ventanuca.

Pobre ventanuca. Quiso tener personalidad. Quiso ser delgadita y alargada y ofrecer al interior una grieta de luz, un resquicio de viento y una fisura de paisaje urbano. No quiso ser una de esas ventanas que llaman la atención con carpinterías metálicas doradas, rejas labradas o decoradas con papanoeles suicidas en Navidad. Sólo quería que la mirase quien supiera verla, entenderla, apreciarla y amarla. Quien más que a través de ella, mirara más allá.
Pero pronto llegó su primera contrariedad: le pusieran a sus pies el nombre de la calle. Ya no pasaría desapercibida, sumaría al cabo del día muchas miradas casuales, furtivas y muchas de ellas seguramente malintencionadas. No contento con eso, el mundo le deparó esa clase de propietarios. Esos que deciden cerrar las terrazas, aquellos que deciden colgar pesadas persianas que siempre tendrán bajadas. Aquellos que, simplemente, anulan sus razones de ser. Minimizan sus cualidades.

Finalmente, como no cabía esperar de otra manera, llegó la primavera, y esos que no supieron seguir durante las horas la inflexión del haz de luz que arrojaba la ventanuca, pensaron en el verano y mandaron instalar una máquina de aire acondicionado. Colgada de los ladrillos, de esos ladrillos que en su calle la hacían única, esa máquina soltaba bocanadas de calor y risas sobre la ventanuca que entendió que siempre tendría las persianas bajadas. Alguien cerró sus ojos y robó su razón de ser. Nadie supo entender que su desproporción no era un error, era una intención.

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One Response to Ventanas verticales

  1. Javier Márquez Sánchez says:

    Jo, pobre ventanita. ¿Cómo eres capaz de escribir algo tan bonito de algo aparentemente tan insulso como una ventana?

    Ya nunca las miraré igual. Y a ésa, sin un día me la encuentro, menos aún…