Café caliente, tortas flojitas y otra espera común

Al igual que hay pensamientos recurrentes y sueños recurrentes, yo tengo situaciones recurrentes. No sé si lo fuerzo yo o realmente pasa porque pasa, pero en muchas ocasiones se da el caso de “esperar en un bar tomando un café”. Mientras espero a que me arreglen el coche, a que abra alguna tienda y/o banco y/u organismo, mientras espero a alguien porque he llegado temprano… Y siempre que puedo preverlo, cargo libro. Si no, tiene que darse la casualidad de que lo lleve… pero al menos siempre tengo una libreta. Todo esto, conceptualmente, queda precioso, una idea estupenda, muy de peli de Manhattan o muy de libro neoyorquino. Pero a mí siempre me sale algo mal. Siempre acelero el momento y algo se trunca. Os contaré la última.
Una tarde de este invierno, de temporal, quería resguardarme de la lluvia, quería entrar en un bar calentito. Hacía un día de perros y paladeaba a priori un café manchado, calentito y espumoso. Quizás en taza para mi deleite personal. Después de dar dos vueltas en el coche por una especie de travesía (¡en medio de Alcalá de Guadaíra!), decidí no alejarme demasiado del punto de encuentro en el que debía estar en una hora. u hora y media. Llevaba un libro que empezar, se llamaba Eeeee, Eee, Eeee, de un tal Tao Lin que prometía ser moderno, arriesgado y alternativo. Cuanto menos había despertado mi curiosidad y tenía un tamaño de unas dos sesiones de lectura intensas. La primera de ellas sería con ese ansiado café. Como otras veces, acabé por desencadenar los acontecimientos y me quedé en el bar que me pareció más próximo.

Al entrar me di cuenta de que no era la elección adecuada, pero suele pasarme que una vez que hago contacto visual y me saludan, ya no puedo marcharme. Así que decidí buscar el sitio donde me diese menos corriente entre las dos puertas en línea abiertas de par en par. Había un grupo de cinco hombres elevando la voz. Posiblemente discutían, pero no sé de qué. Alguien decía algo y todos unían sus voces graves al unísono diciendo algo inteligible. Un sonido gutural. Me miraron, sé que me miraron, siempre me miran, les parezco rara, desconocida, fuera de contexto. Siempre escojo un mal sitio para que dejen de mirarme. Pido un café. Manchado. El café me lo ponen cargado y en vaso. Me cobran un euro. Saco el libro del bolso ante lo que supongo un desinterés generalizado a partir de ese momento en ellos, y empiezo a leer.

Me voy enfrascando en la lectura dando pequeños sorbos al café, e intento concentrarme mucho para no oír esas voces que de vez en cuando ascendían de volumen unos minutos y luego bajaban. En el libro hay un oso, un delfín, una novia que se fue, una compañera de trabajo en una pizzería y un honda civic. Y un amigo. Van ocurriendo cosas con frases cortas, cosas surrealistas. Después de llevar al delfín en el asiento de atrás del civic, ya en casa, el oso les da tortas flojitas. Y a mí de pronto me apetece hablar así, escribir así. No sé si estaba en el sitio adecuado.

El café está malo, quiero terminarlo cuanto antes. Los hombres de la mesa del centro juegan la partida invisible de dominó de los jueves invisibles. Seis doble sale. Hace frío. Mi coche se moja y se resiente por el bache que he cogido al aparcar. No he terminado y tengo ardores. Podría salir corriendo de este lugar, con el libro en la cabeza y cerrar las puertas a mi espalda, para darles un motivo para mirarme. Pero decido pedir agua convencional de manera convencional y despedirme, también convencionalmente. De los hombres no me despido. Gritan de nuevo. Órdago. Parece que han cambiado de juego. Me meto en el coche y lo acerco al punto de recogida. Te espero, sigo leyendo y algunas gotas en el cristal suenan como si me llamases. Como si repitieses el mismo sonido de tu dedo sobre el cristal lateral mojado. El oso ahora le da tortas flojitas a un hámster. Yo nunca me encuentro en mis salidas a tomar café a ningún oso que me traiga el azúcar ni que me de tortas flojitas, aunque haga frío polar.

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3 Responses to Café caliente, tortas flojitas y otra espera común

  1. josephb macgregor says:

    El libro parece interesante…reseñita pal nene? :)))

    PD: ¿Me puedes envíar por email el código de los dos banner que tienes puestos a la derecha: el de La Fiesta de Orfeo y el de Taller de Palabras? Es para ponerlos en Macgregoradas.

  2. Tantaria says:

    Jos, qué suerte tienes de sólo tomarte un café cuando te arreglan el coche. La última vez que yo fui al taller tuve tiempo de comer, hacer la compra, ir la peluquería, merendar y leerme el periódico. Y todo por el módico precio de 400 euros. Me he equivocado de profesión…

  3. Olimpia says:

    No estaría mal, un oso polar con pajarita negra sirviendo cafe. A mí tampoco me ha pasado nunca, pero me encantaría…